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miércoles, 30 de junio de 2010

Los 14 artículos de Calado. Antonio Burgos.


Teniendo como fondo el monumento al panal de rica miel o a las rebajas del tío Paco de la nación española que es el Tribunal Constitucional, cuando Federico Trillo y Soraya Sáenz de Santamaría recogieron la papela de la sentencia sobre ese Estatuto al que le llaman de mote Estatut, dijeron sobre los preceptos de la ley catalana rechazados por exceso de trapío algo que me dejó perplejo y en lo que todavía estoy reinando, sin que haya llegado a aclararme. Dijeron: «Son 14 artículos de calado».
¿Qué es un «artículo de calado», Dios mío de mi alma? Yo conocía diversas clases de artículos, como los del Código Penal. O lo artículos de lujo de Loewe. Sabía qué era un artículo determinado. Y qué son los artículos de piel, los de la marroquinera tierra de Jesulín de Ubrique. Qué los artículos de primera necesidad, que siempre nos joden la marrana de la cesta de la compra a efectos de la subida del IPC. De niño aprendí los artículos de fe en la bellísima prosa del catecismo de Ripalda. Tenía por magistrales los artículos de Pemán o Ruano. Pero, la verdad, no tenía zorra idea de los «artículos de calado». Esos artículos de calado a los que Trillo y Soraya tanto le hacían el artículo, pero que según el PSOE han sido una derrota del PP en toda regla, como lo de los franceses en Bailén, pero sin garrochistas, chispa más o menos.
Esto del calado es sin duda porque en símiles políticos hemos pasado de la Aviación a la Navegación. Los asuntos importantes eran antes de gran envergadura, como las alas de un Airbus o un 747. Pero, hijo, tanto hablar de la nave del Estado, la que puede zozobrar a causa de 14 artículos de gran calado, que de la Aeronáutica hemos pasado a la Náutica, de Barberán y Collar a Juan Sebastián Elcano. Con notables carencias. Aquí todo el mundo habla del calado, que es la profundidad que alcanza en el agua la parte sumergida de un barco, pero nadie dice ni palabra de la eslora ni de la manga.
Y el calado es que los hemos calado. No es que quieran un Estatuto así o asado: es que no quieren ser españoles. No sé cómo el Constitucional habla de «la indisoluble unidad de la nación». Aquí lo que prima cada vez más es «la invisible unidad de la nación». Anoche quien jugó contra Portugal no fue España, palabra bastante disuelta en la unidad indisoluble: fue La Roja. El gran calado se lo reservamos a La Roja. Como antes españoles éramos los que no podíamos ser otra cosa, ahora España es lo que no puede ser Cataluña ni Vascongadas.
O calado quizá sea un sinónimo nuevo de pasteleo. Hay dulcería, bollería, bombonería y pasteleo de María Emilia Casas en el Constitucional. Mariló Montero la debería llevar a Las Mañanas de la 1 para que nos explique cómo se pastelean y hornean las sentencias de gran calado donde se rechazan 14 artículos para hacer el paripé, porque cualquiera le pone luego el cascabel al gato de Els Quatre Gats. ¿Quedará derogado todo lo que han legislado en plan separatistón desde su Referéndum de la Señorita Montse? ¿Seguirán multando tenderos por rotular en castellano? Y el calado es, sobre todo, que hemos calado el paripé que se traen Montilla y ZP. Si esto no fuera un paripé, ZP le debería cantar a Montilla aquello de Bambino de Utrera: «Te he dao más que pides/ y aún te parece poco,/ ahora he pensao en regalarte/ hasta la Torre del Oro». La Torre del Oro, no, pero todo el oro de Madrid bien que se lo han llevado y quieren más. ¡Ay, te calé, qué calado ni calado!

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