miércoles, 23 de junio de 2010

Nuesta Honduras. Antonio García Barbeito.



Del lobo, un pelo. ¿Te acuerdas, Cangui, de aquel sobrinillo tuyo que vino a la tribu a pasar un verano, y se negaba a tomar de merienda, en aquellas tardes de río límpido y sereno, un canto de pan con aceite y azúcar o una onza de chocolate, como tomaban sus primos? Cuando la pobre de tu madre le dijo que eso era lo que había, el niño prefirió no merendar. A la cuarta tarde mojaba en el canto como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, y al día siguiente preguntó si el chocolate era con leche o sin leche.
Así andamos nosotros con la selección española de fútbol, que nos creíamos que íbamos a ganar el Mundial en el primer partido y llegó Suiza y nos plantó el canto de pan con aceite y azúcar y el chocolate. Y por eso ahora, que le hemos ganado a Honduras, nos sabe a gloria y ya esperamos el encuentro contra Chile como aquel niño esperaba el pan con chocolate: damos la vida por ganarle a Chile, nosotros, los mismos que mirábamos por encima del hombro a Brasil y Argentina. No tienes más que leer la prensa, Cangui, para que veas cómo están celebrando el triunfo ante Honduras. ¡Honduras, no Italia o Portugal! Canto de pan con aceite, amigo, porque cuando se nos pone difícil la merienda, lo que sea. Y así en el Mundial como en la crisis. Ayer apenas, cualquiera de los ricos ladrilláceos despreciaba restaurantes de medio pelo, se negaba a ir a cualquier sitio donde no sirvieran el mejor vino y el mejor marisco, y ahora los ves a algunos en la umbría de un bar que se ha travestido de restaurante y ofrece el menú del día a cinco euros, dos platos, pan, vino y postre. Nuestras Honduras, Cangui, nuestro canto de pan con aceite y azúcar, nuestra onza de chocolate o aquel tocino de hoja que rebanábamos, sobre el pan seco, con la navajilla que tenía un ancla en las cachas. Es lo mismo, Cangui. Y en cuanto a coches, tres cuartos de lo mismo. Antes, hace unos años, todo lo que no fuera un cochazo sacado de la casa, nuevo, no era nada; ahora el argumento es que para qué un coche tan grande, que es un engorro aparcarlo, y para qué nuevo, si lo sacas de los de kilómetro cero —«los pocos kilómetros que tiene se los ha hecho el gerente de la empresa, de su casa al trabajo y del trabajo a su casa. Y en los dos sitios, garaje»—.
Nuestras Honduras, Cangui, nuestro pan con aceite y azúcar. «¡Qué bien sabe todo cuando no hay nada!», que decía Frasco cuando, recordando el hambre que pasó en la guerra, cuchareaba el gazpacho. Antier le ganamos a Honduras y Honduras nos supo a Brasil. Nada es menos que nada.

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