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lunes, 2 de agosto de 2010

Ahora toca reformismo. M. MARTÍN FERRAND

MUY pocos, incluso entre los más fervorosos votantes del PSOE, dejarán de reconocer la escasa fortuna de José Luis Rodríguez Zapatero al frente del Ejecutivo. Sus seis años de Gobierno han sido un cúmulo de desastres y contradicciones y, especialmente lo ya cumplido de sus segunda legislatura, marca límites de gran calamidad; pero, ni por esas, se justifica que Mariano Rajoy, a la hora de valorar los últimos meses del zapaterismo, resuelva el análisis con una torpe revolera dialéctica. Según el líder del PP han estado marcados por «el desempleo y los recortes sociales». Es cierto, pero es lo mismo que no decir nada. Esas han sido notas comunes en Alemania, Reino Unido y Francia, en toda la UE. 2010 está siendo el año del paro y del adelgazamiento del Estado de bienestar.
La crítica a Zapatero no debe confundirse con el balance de la situación. Debe abordarse desde la exigencia de responsabilidades a quien, por razones meramente electorales, no quiso ver venir la crisis que nos ahoga y, de hecho, no ha querido tomar ninguna medida de fondo para enfrentarse a ella. Las fusiones de temperatura variable entre unas cuantas Cajas en apuros es una chapuza si se presenta como reforma financiera y, del mismo modo, no es una reforma laboral un mero abaratamiento de los costes del despido.
Ahora, inasequible al desaliento, bien acompañado por sus expertos en propaganda y rodeado de un pelotón de torpes a los que llama Gobierno, Zapatero trata de resurgir de sus propias cenizas y, con su acostumbrada desvergüenza, afirma hoy lo que ayer negaba. Se dispone a una de sus acostumbradas transformaciones y, del mismo modo que Paco León acaba de encarnar, sin pelos en el pecho, el papel de la Lisístrata de Aristófanes, quiere ser reconocido como un líder reformista, al modo clásico de los laboristas ingleses. De no ser por el daño que genera, por la pobreza que origina y la incertidumbre que provoca habría que declararle especie protegida. Nunca nadie se comportó en la vida pública con tan poco rigor y tan escasa capacidad autocrítica.
Ante la incapacidad de la oposición para obrar en consecuencia, especialmente frente a la negativa del PP para presentar la moción de censura que exigen las circunstancias y garantizar, de ese modo, la continuidad de Zapatero hasta el fin de la legislatura, hay que apelar a la responsabilidad del PSOE y de sus más notables militantes. Es a los socialistas a quienes corresponde, quizás mediante un Congreso extraordinario, enmendar una situación que para ellos es suicida y solo augura daños y penas para toda la Nación. O para lo que quede de ella.

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