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jueves, 12 de agosto de 2010

La venta de Tuenti o las miserias del capitalismo español. Carlos Sánchez.

Hace poco más de dos años, Rubén J. Lapetra, responsable de Cotizalia, escribía lo que sigue sobre un prodigio llamado Tuenti, por entonces, en los albores de su éxito. “Es un fenómeno. Tuenti, una pequeña star-up española con 18 meses de vida, surca a toda velocidad hacia el firmamento de Internet. Sus creadores son rabiosamente jóvenes: tuentitantos años. Han pasado la travesía del desierto y saborean las mieles de un éxito emergente, sin precedentes en España. Zaryn Dentzel, Félix Ruiz, Joaquín Ayuso y Adeyemi Ajao han sido los cuatro padres fundadores de un proyecto estrella financiado bajo el modelo family & friends (parientes y amigos)…”

Como se sabe, Tuenti acaba de ser vendida a Telefónica por una cantidad no revelada oficialmente, pero que podría rondar los 70 millones de euros. En todo caso, una cifra verdaderamente elevada. La operación, más allá del negocio que ha supuesto para los accionistas de Tuenti, pone de relieve las debilidades de la empresa española, donde las grandes corporaciones liquidan chequera en mano proyectos innovadores nacidos para ser una alternativa al viejo oligopolio empresarial. Salvando las distancias, la compra de Tuenti por Telefónica (como otras que se han producido en los últimos años) viene a ser como si Bill Gates hubiera hecho caja con Microsoft nada más empezar a crear valor la compañía de Seattle. O si Steve Jobs hubiera vendido Apple a la vieja AT&T para comprarse una mansión en Palo Alto. O si los fundadores de Google hubieran sucumbido anteuna oferta tentadora de General Motors.

La venta de Tuenti refleja la falta de aire fresco en el capitalismo español, en el que apenas media docena de empresas (Santander, BBVA, Telefónica, Iberdrola o Repsol) copan el 90% del Ibex 35, lo que convierte al selectivo español en un coto cerrado. Escasamente representativo de lo que un día se llamó nueva economía y que hoy se vincula a la sociedad de la información. Los viejos oligopolios (gas, teléfonos o electricidad) -junto a los servicios financieros- continúan dominando el mercado bursátil tras el derrumbe del ‘ladrillo’. Y hoy los grandes empresarios de este país -los que verdaderamente mandan- caben en un taxi. Ni siquiera el llamado ‘capitalismo popular’ ha servido para dar oxígeno al sistema.

El fiasco del ‘capitalismo popular’

Las grandes corporaciones liquidan chequera en mano proyectos innovadores nacidos para ser una alternativa al viejo oligopolio empresarial
Las grandes privatizaciones de los 80 y 90, que se vendieron para ‘democratizar’ el capital de las grandes compañías se bate en retirada. Si en 1998 -en el momento álgido de las privatizaciones- las familias controlaban el 35% de la propiedad de las acciones bursátiles, en 2009 ese porcentaje se ha desplomado hasta el 21,1%. ¿La causa? La irrupción de grandes conglomerados de servicios, que se han hecho con los títulos que un día puso a la venta el Estado, con todo lo que ello supone de control de la economía por parte de sectores claramente oligopolistas. Capaces de sustituir al sector público, pero ajenos a la democratización del poder dentro las empresas. Un dato. En 1993, el 16,4% de los títulos estaba en manos de las administraciones, pero hoy sólo el 0,3% tiene que ver con el sector público. El paso atrás que ha dado el Estado -algo más que necesario- no ha sido ocupado por las familias y los pequeños inversores, sino por las grandes corporaciones y los no residentes, que en este último caso acaparan ya el 40% de los títulos cotizados.

Se trata de un fenómeno preocupante que pone de manifiesto la incapacidad de la economía española para crecer al margen de las grandes corporaciones, lo que tiene indudables efectos sobre el empleo. Un país que mata a los semilleros de la innovación y de la creatividad a las primeras de cambio tirando de chequera tiene un problema, y eso es lo que está sucediendo en España desde hace al menos dos décadas. Los gobiernos han preferido apostar por las grandes multinacionales antes que respaldar pequeños proyectos que normalmente mueren ahogados por problemas de financiación.

Lo más sorprendente, sin embargo, es que este fenómeno se ha producido en un país que ha realizado en los últimos años un gigantesco proceso de descentralización administrativa, lo que en principio hubiera debido facilitar el nacimiento de un nuevo tejido empresarial vinculado al territorio. No ha sido así y las empresas tienden a concentrarse en torno a las grandes corporaciones, cuya musculatura financiera es capaz de acallar cualquier tentación secesionista.

Es evidente que la existencia de grandes multinacionales españolas en el exterior es necesaria, pero esta realidad ha ocultado los problemas de internacionalización de la empresa española, en particular las más innovadoras. Algo que explica el gigantesco déficit comercial. Cuando la ‘Armada’ española aterrizó en Latinoamérica en los años 80, se daba por hecho que su presencia estimularía el comercio con la región. Pero lo cierto es que los portaviones no han llevado a su alrededor a una flotilla de pequeñas y medianas empresas, y por eso España tuvo el año pasado un déficit comercial con Latinoamérica cercano a los 2.000 millones de euros. No sólo eso, excluyendo Argentina, Brasil y México, el año pasado las exportaciones españolas al subcontinente americano apenas superaron los 3.168 millones de euros, una cantidad verdaderamente ridícula para una de las zonas de mayor crecimiento del mundo. Y todo ello pese a que compañías españolas controlan servicios públicos esenciales.

A la luz de esta experiencia parece razonable pensar que un país no sólo puede presumir de grandes multinacionales que navegan como pez en el aire alrededor de los antiguos monopolios públicos, sino que hay que proteger a los nuevos semilleros de empleo. Que si nada lo remedia acabarán por convertirse en una dirección general de una gran multinacional, por muy española que sea.


Carlos Sánchez, licenciado en ciencia de la información y escritor. Ha trabajado en radio y televisión y actualmente es subdirector del diario "El Imparcial".

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