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martes, 12 de octubre de 2010

Sin alma. Porcio Latrón.

¿Saben ustedes como se vive sin alma?, se vive instalado en el color gris, entre quietas agujas de reloj, en un otoño de once meses de duración (el mes restante es invierno). Alimentado por impulsos eléctricos y suficientes dosis de hiel, con un mirar de plástico opaco en vez de vivo, tierno y fino vidrio, acompasado por un latir recetado por un mal doctor y gran ingeniero, se vive sin estar vivo y con miedo. La vida pasa ante ti como un triste "deja vu" a velocidad de vértigo que hace que no te pares a meditar y maldecir tu suerte. Se vive hueco, con sonido metálico y voz de humanidad; ya no eres diferente.

¿Y saben dónde queda el alma?, el alma queda cuan pájaro de alas heridas; sustituyendo su majestuoso vuelo por torpes saltitos, yendo del cajón de la mesita de noche hasta aquella fotografía de cuando se disfrutaba del esplendor de su sonrisa. Vive inquieta, esperando iniciar ese viaje que ya jamás volverá a emprender. Subsiste bajo el régimen de los recuerdos, hasta que estos se congelan como el agua del manantial en invierno y no le queda otra, al alma, que hibernar. Queda incompresiblemente caliente por su inocencia inherente que la hace persistir en la resurrección a pesar de haber muerto tres veces ya.

¿Y saben ustedes como conviven hombre y alma por separado?, se lo voy a explicar. Vive el alma presa entre cuatro frías paredes, y no entre caliente y viva carne, a modo de santuario y el hombre sin alma como carcelero celoso y preocupado. El hombre cierra la puerta al irse del antro de apresamiento dando tres giros a la llave, procurando que las ventanas queden herméticas en el cierre. Y se vuelve, no menos de tres veces, desconfiado para mirar las ventanas en la distancia porque oye golpes débiles sobre sus cristales y cree que es ella queriendo escapar... y es entonces cuando cae en la cuenta que está montado en el coche y es la lluvia al golpear el parabrisas; comienza el “deja vu”, comienza el vía crucis.

Y sólo se encuentran, hombre hueco y alma herida, cuando se sienta a hacer lo que solía cuando tenía alma y desconectaba de todo lo de fuera, ¡qué delicioso momento!, y ya no sabe qué hacer con ese bendito instante... porque vive instalado en la completa desconexión. Y el alma empieza a agotarse mientras termina de vagar torpemente entre botes de cremas y colonias vacíos que no se tiran porque ahora rebosan de recuerdos. Antes ha gastado sus míseras fuerzas revolviendo los cajones del armario, intentando abrir aquellos dos pesados libros, esperando que aquella araña metálica que alivia la jaqueca cobrara vida y le contase un plan de fuga o al menos le diese detalles del itinerario desconocido que ansía emprender... quiere el alma emigrar a aquellas peñas majestuosas que se alzaban sobre la vega de Antequera y ya jamás volverá a contemplar... allí volvió a nacer y morir y no lo sabe aún, es como explicarle la muerte a un niño; ¡le quedan tan distante las miserias de la naturaleza humana!. Y sólo se encuentran, como os iba a relatar, cuando los dos, hombre y alma, coinciden en la cama y como buenos amigos comparten la soledad. Es entonces cuando la abraza, es entonces cuando ella termina de gritar, de moverse torpemente y se convierte en líquido caliente; ese que moja y templa las heladas mejillas del hombre. Ese líquido que alivia, nace en el plástico opaco como si de un milagro se tratase y acaba en el aire, porque el alma fina y carente de peso, empujado por la brisa de un suspiro de dolor y se difumina en el ambiente que los hace dormir a los dos entre pesadillas con tu ausencia.


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