lunes, 6 de diciembre de 2010

El paro no ceja en su ascenso, la reforma laboral se muestra ineficaz para generar empleo. Séneca.


La noticia estrella de esta semana, como no, ha sido el dato mensual del paro suministrado el miércoles pasado. De nuevo hemos tenido datos negativos, aunque estos han tenido una interpretación ambigua por los analistas e indicadores según sea el color del partido político.
Los socialistas y optimistas interpretan que el dato, al ser bajo para el mes en el que transciende, es sinónimo de una "recuperación" o estabilidad con signos de mejoría. Para los más pesimistas, 25.000 son una barbaridad de parados con todo lo que se ha destruido nuestro mapa empresarial a estas alturas... vamos, que no se pierden más puestos de trabajo porque significaría una debacle y no una crisis de considerable tamaño y no haber sabido atajarla a tiempo.  


Ha caído el incidente de los controladores aéreos como agua de mayo para los intereses del ejecutivo... gracias a dichos controladores aéreos se han abortado debates y reflexiones sobre el tema que más preocupa a los españoles: el paro.


El caso es que la Reforma Laboral que el gobierno impulsó en el ya lejano mes de mayo, por si, no ha creado empelo... algo que todos los analistas esperaban excepto Zapatero y Corbacho. ¿Y por qué no crea empleo?, porque no ataca de raíz al mal endémico de nuestro mercado laboral; la competitividad.


Os dejo una propuesta brillante de lo que debería de haber sido la reforma laboral de mayo, de la mano del ex-ministro José Piqué nos llega este esbozo satisfactorio, con el que coincido punto por punto, de lo que pudo haber sido y no fue... como tantas veces hemos repetido con Zapatero en la Moncloa.



Reforma Laboral y crecimiento económico. Josep Piqué.



Empiezo fuerte. Cuando España sigue presentando tasas de paro absolutamente inasumibles, resulta especialmente irritante e incluso ofensivo que, desde las diferentes instancias gubernamentales, se nos intente transmitir que las cosas no van tan mal como pudiera parecer.
Porque lo cierto es que seguimos destruyendo empleo y, en el mejor de los casos, nos quedaremos estancados en torno a ese escandaloso y excepcionalmente llamativo 20% de paro.
Y eso no se va a resolver si no somos capaces de volver a crecer en términos de PIB por encima de, por lo menos, el 1,5% ó, si la reforma laboral no se profundiza, el 2%. Y eso, lamentablemente, no se vislumbra ni a corto ni a medio plazo (en los próximos dos años, como mínimo).
Y ahí, cabe una primera reflexión: la reforma laboral, en sí misma y tal como está planteada, no crea empleo, como así lo reconoció el anterior ministro de Trabajo. En todo caso, hubiera contribuido a que se destruyera algo menos si se hubiera implementado antes, cuando para el Gobierno era, incomprensiblemente, un tema “tabú”.
La segunda reflexión es que una reforma laboral es condición necesaria pero no suficiente, en las actuales circunstancias, para poder generar empleo neto. La condición necesaria y suficiente para crear empleo es que la economía crezca sobre bases sólidas, ya sea desde el lado de la oferta y/o desde el lado de la demanda. Pero un crecimiento económico sano y sostenible sólo es posible si se fundamenta en la productividad y en la mejora de la competitividad relativa en un mundo cada vez más globalizado y con nuevos actores que hasta ahora no habían sido relevantes y que van a ser, y son ya, los protagonistas del crecimiento económico del siglo XXI.
Y ese ha sido, y es, el gran problema de la economía española de los últimos años. El crecimiento económico y de empleo que se produjo desde mediados de los noventa hasta el año 2007 fue resultado de un fuerte incremento de la demanda efectiva, basada en una altísima propensión al endeudamiento de familias, empresas y entidades financieras, en un contexto de enorme liquidez y de tipos de interés reales negativos.
Y que concentró el crecimiento en sectores de bajo valor añadido, aunque muy intensivos en trabajo poco cualificado. Y no le prestamos suficiente atención a la evolución de la productividad y, por ende, de nuestra competitividad relativa: pesábamos más, pero ese aumento se debía a un exceso de grasa y no a haber fortalecido nuestra musculatura. Y la pérdida de grasa, sin músculos, genera seres canijos y de piel colgante: unos pendejos. Y esta es hoy, si se me permite la licencia, la apariencia de la economía española.
Y ante este panorama, sólo queda reaccionar adecuadamente: hacer ejercicio, recuperar masa y tensión muscular, sin volver a ganar peso acumulando solamente grasa. Y para eso hace falta ir mucho más allá en la reforma de nuestro mercado de trabajo. Además de otras muchas cosas: innovación, educación y formación, reforma de nuestro sistema de administración, de la justicia y un largo etc….
Reforma laboral
Pero vamos a hablar de la reforma laboral. Y me parece poco discutible que la reforma planteada introduce avances. Todo lo que implique reducir la distancia entre la contratación indefinida y la temporal, por la vía de generalizar, aunque sea parcialmente, un contrato como el de fomento del trabajo, que introdujo la reforma laboral de 1997, va en la buena dirección.
Y todo lo que permita clarificar las causas del despido objetivo es también positivo. Pero el problema real del mercado de trabajo en España no es el coste del despido. Y ahí algo de razón tienen los sindicatos. El problema real es como adecuamos salarios a productividad, somos efectivamente competitivos y dejamos de ser una cruel excepción en los mercados laborales europeos. Nuestra altísima tasa de desempleo no responde a ninguna especial maldición bíblica o a que está en nuestro código genético. Las causas son, sin ninguna duda, institucionales. Algo funciona mal en nuestro mercado de trabajo…
Y, por todo ello, me parece absolutamente esencial reformar a fondo nuestro sistema de negociación colectiva, descentralizándolo y permitiendo que cada empresa, con sus trabajadores, llegue a acuerdos específicos, atendiendo a sus necesidades y peculiaridades.
Sé muy bien que todo eso pone en cuestión el papel de las organizaciones empresariales y sindicales, a nivel confederal. Pero está en juego algo muchísimo más importante: el progreso de nuestro país y su supervivencia como economía productiva y competitiva.Y ahora que los sindicatos españoles, después del indiscutible fracaso de la última huelga general (y no porque les faltaran razones contra el Gobierno, sino porque ya no representan inquietudes reales) y que la patronal está inmersa en un proceso electoral que encubre, desde mi punto de vista, una auténtica crisis de identidad, es muy importante centrar el debate laboral: toda reforma pasa por una negociación colectiva que tenga por objetivo ganar competitividad. Todo lo demás son brindis al sol.
¿Y qué quiero decir con todo esto? Quiero decir que lo que hay que negociar son salarios con un doble componente: fijos y variables, en función de la productividad (y si se hace bien, mejorar los salarios de los trabajadores.Ojalá los sindicatos lo entiendan). Y que hay que acordar temas de formación, de incorporación y de trayectoria profesional, de identificación de talentos, de jornada diaria y anual (que permita la máxima flexibilidad), de movilidad y de conciliación… Es decir, todo lo que permita ganar productividad y competitividad sin afectar a los derechos de los trabajadores o, incluso, mejorando sus condiciones. Se puede hacer y en Alemania, sin ir más lejos, lo están haciendo.
Y ese es el tema. Si avanzamos en esta dirección, la reforma laboral sería condición necesaria para crecer y, además, condición suficiente para generar empleo con crecimientos económicos ligeramente positivos.
Ojalá Gobierno y oposición, sindicatos y patronales, lo vean así. Algunas grandes empresas españolas ya lo están proponiendo. Y es muy importante que les salga bien.

 

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