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sábado, 4 de mayo de 2013

El peligroso hartazgo del pueblo para con su clase política toca techo.


La última encuesta del CIS, correspondiente al mes de abril, constata algo que por sabido no es menos grave: la desconfianza de la ciudadanía hacia sus representantes políticos ha llegado a niveles históricos. Casi el 90% de los consultados dice tener “poca o ninguna confianza” en el presidente del Gobierno o en el líder del PSOE, una desafección que sólo en parte consiguen capitalizar las formaciones minoritarias, mientras que la abstención suma enteros. Una traslación lógica en vista de que el sentimiento mayoritario entre los encuestados por el CIS es que la situación económica ha empeorado en los últimos doce meses, que dentro de un año seguirá igual y que los políticos se han convertido en parte del problema y no de la solución. El deterioro de la clase política es, de hecho, uno de los problemas que más preocupan a los españoles, junto a la corrupción (que la mayoría asocia precisamente a la política) y el alto nivel de paro.


Lo más preocupante es que la aversión que genera el comportamiento de algunos representantes políticos acaba por contagiar a las instituciones que éstos representan, incluida la Monarquía, siendo los propios partidos y los sindicatos las peor valoradas. Aunque sería injusto generalizar, lo cierto es que la proliferación de casos de corrupción en la mayoría de las formaciones, la indolencia de sus dirigentes para atajar y purgar las conductas irregulares y el oscurantismo sobre su financiación han dañado gravemente la imagen de una actividad esencial para el funcionamiento de la democracia.


La percepción creciente de que los políticos no se ocupan de los asuntos que preocupan a los ciudadanos ha provocado que cada vez más se ponga en cuestión la utilidad de determinadas instituciones. Así, el 38% se muestra favorable a rebajar las competencias e, incluso, eliminar algunas comunidades autónomas, convertidas durante décadas en sumideros de gasto por parte de sus irresponsables dirigentes. Para recuperar el crédito perdido por la política, la única receta posible es mayor transparencia y ejemplaridad.



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