lunes, 13 de mayo de 2013

Hoy cumplimos 3 años en la red, buen momento para echar la vista atrás.




Así es queridos pensadores, hoy estamos de aniversario. Nuestra bitácora cumple su tercer año de edad y ¿qué mejor celebración que rememorar los acontecimientos que propiciaron su nacimiento Desgraciadamente, esos acontecimientos no fueron para nada agradables o beneficiosos y esta bitácora nació a modo de denuncia. Pero retrocedamos en el tiempo y veamos qué pasó en este país para que me propusiese invitar a reflexionar a todos mis compatriotas atrapados por la misma dolorosa realidad que tanto me da que pensar al cabo del día desde hace años.

Los albores

Agosto de 2007. El entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero afirma que “España está totalmente a salvo de la crisis financiera”. Un mes después, el Gobierno asegura que España juega “en la Champions League de la economía mundial”.


En aquel entonces, España tenía “el sistema financiero más saneado del mundo” y su crecimiento económico a lo largo de la última década había sido calificado como un “milagro” en Europa, pero la espita estaba apunto de saltar. El modelo español, cuyos impulsores se habían jactado de superar la crisis de 2001 sin la menor turbulencia, reventó en poco menos de un año. De la noche a la mañana, la marea bajó y se pudo ver qué países nadaban desnudos. En un año, España pasó de que sus dirigentes bromearan con la posibilidad de desbancar a Francia y Alemania en el PIB, a liderar las listas del paro de la Unión Europea.


¿Qué había fallado? La década prodigiosa había sido un espejismo. Un sector constructor hipertrofiado y un modelo industrial completamente dependiente de la demanda interna y de la financiación exterior: en 2007, el déficit por cuenta corriente alcanzó la friolera del 10,1% del PIB, el desequilibrio más grande del mundo en términos relativos. Y, cuando dejó de entrar dinero, todo lo demás se desplomó como un castillo de naipes.


En primer lugar, cayó la construcción. El ladrillo estaba sobredimensionado por efecto de las estrictas leyes sobre el suelo, que atenazaban rígidamente la oferta, y la presión migratoria que disparó la demanda, que a su vez aceleró los incrementos salariales muy por encima de la inflación (algo que se mantuvo a pesar de la crisis). En consecuencia, entre 1999 y 2008, los costes laborales habían aumentado un 41%, frente a sólo un 8% de ganancia de productividad. La competitividad cayó un 33%, la cifra más alta de la eurozona por detrás de Irlanda.

En segundo, la industria, concentrada en el mercado interior. De los nuevos empleos creados entre 1995 y 2007, el 83% se sostenía sobre la demanda interna, la mayor parte de ellos en bienes y servicios que difícilmente se podrían exportar. De los más de 20 millones de empleos que había en el mejor momento, un 13% pertenecían a la construcción. Además, las industrias del mueble, cementeras, de maquinaria... sumaban cerca de otro medio millón de empleos. Y en 2007, sólo el 4,4% de los bienes españoles competían en el exterior mediante su imagen de marca y la diferenciación de sus productos, la mitad que los otros países europeos, según Eurostat.

Pica para ampliar

Pero, además, esta industria recalentada generaba un efecto expulsión sobre el resto. Como el ladrillo tiraba al alza de los costes de la mano de obra, cada vez era más difícil que las industrias tradicionales subsistieran. Algo que agravaron los ayuntamientos con su política de suelo. La periferia cada vez era más solicitada para construir viviendas y las corporaciones locales presionaron a la industria para que se desplazara todavía más a las afueras, pero muchas vieron como sus costes se disparaban a causa del traslado y las trabas municipales y acabaron abandonando también el país.

Tercero, el modelo económico también tuvo consecuencias nefastas sobre la formación. No era necesario tener prácticamente ningún nivel de especialización (Formación Profesional o Universidad) para acceder a un puesto de trabajo bien remunerado y, como resultado 13 millones y medio de los 20 millones de trabajadores existentes en 2007 no tenía ninguna educación superior. Unos resultados que tendían a perpetuarse entre las próximas generaciones, pues de la población entre 25 y 29 años, hasta un 60% había dado por concluídos sus estudios en el colegio o en el instituto.


Finalmente, los ingresos tributarios, recalentados al albur de la burbuja inmobiliaria con el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales, también habían sobrecargado la contratación en las Administraciones Públicas, que entre 1995 y 2007 aumentaron sus filas en 870.000 personas. Desde la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) señalan que, con el pinchazo de la burbuja, los ingresos públicos se desinflaron también en seis puntos del PIB, lo que no tiene equivalente en otro país europeo.

Una burbuja de deuda


La economía española incubaba graves problemas de competitividad que ocultaba bajo un enorme manto de deuda privada. El crédito al sector privado equivalía al PIB en 2002 y lo duplicaba en 2008. Por el camino, gran parte de las empresas se habían lanzado al crecimiento externo, es decir, a través de la compra de otras empresas. Más tarde descubrirían que sus previsiones de crecimiento estaban infundadas y que habían pagado a precios de oro compañías que no eran tan estratégicas y que los costes de la deuda no se podían asumir con los beneficios que las nuevas incorporaciones generaban.

Pero el sector público también se sustentaba sobre unas previsiones irreales. Autopistas, AVE, aeropuertos, puertos, parques eólicos... el dinero fluía sobre la esperanza de unos ingresos futuros que no acabaron llegando. Una deuda que no sólo se computa en euros, sino también en compromisos de pago, como los sueldos del personal dedicado a las nuevas instalaciones o las jubilaciones. Según el Ministerio de Empleo, una pensión mínima pasó de costar al Estado un 95% de la base de cotización en los noventa a un 110% en 2007. Y el presidente Zapatero subió el Salario Mínimo un 40% en 7 años, 24 puntos por encima de la inflación, con una evidente pérdida de competitividad. El Estado hacía promesas que no podía cumplir sin crecimiento.

Pica para ampliar

El PIB era más aparente que real, dado que el FMI calcula que, si se excluye el crecimiento generado a base de deuda, no habría habido ninguna creación neta de riqueza a partir de 1997.

Pero este crecimiento falso no hacía más que enquistar los vicios subyacentes. Había muy poco rigor con el dinero público (falta de tasas en educación o sanidad, cuyos costes se disparaban por el abuso) y un impulso liberalizador cada vez más escaso, porque España seguía creciendo, a pesar de la regulación. Los agentes sociales se enrocaban en posiciones contrarias al libre mercado mientras que otros países de Europa, tanto con gobiernos socialdemócratas como conservadores, adoptaban políticas de flexibilidad. La herencia de un milagro que nadie supo gestionar eran unas instituciones anquilosadas y cada vez más inoperantes y llenas de políticos que no sabían qué hacer con ellas, ni querían arriesgarse a reformarlas.


Llegaron los rescates (porque la modificación de la Constitución y los recortes de zapatero en mayo del 2010 no eran más que parte de la factura de rescates encubiertos que no interesaban hacer públicos de cara a los mercados) y la deuda engordó hasta provocar una subida de la prima de riesgo inédita en la historia del país desde que se mide la salud de la deuda a través de ésta.


El pueblo acabó sucumbiendo a la realidad y votaron masivamente la propuesta del PP y Mariano Rajoy de austeridad, bajada de impuestos y relanzar la marca España. Unas primeras reformas valientes (plan de pago a proveedores y reforma laboral) no tuvieron continuación creíble y, para más inri, el pueblo se sintió engañado -con razón- ya que le prometieron bajar los impuestos a cambio de sus votos... y los impuestos han subido con Mariano Rajoy como nunca antes en la democracia. Si a esas unimos que los políticos que han llegado con Rajoy son de parecido corte y calado que los que estaban antes pues... 

Y en estas estamos mis queridos pensadores. Espero y deseo celebrar nuestro IV aniversario contando todo lo bueno que nos sacó de la crisis pero ni yo mismo me lo creo vistos los bueyes con los que aramos.




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