sábado, 5 de febrero de 2011

La España que ilusiona, esa que descubrimos a la par de nuestras carencias. Séneca.


 Algún que otro lector me ha hecho llegar quejas sobre el tono y dirección general del blog. Me dicen que es pesimista, que no destaca nada de nuestro país y que no describo en este blog más que nuestras vergüenzas y penurias. Bien, hoy voy a satisfacer a esos lectores y dedicarles este post. Hoy voy a escribir sobre un pueblo rico en virtudes e historia, voy a servirme de nuestro juglar favorito -Pérez Reverte- para haceros llegar un mensaje de esperanza que siempre se ha germinado en las entrañas de nuestro pueblo. Hoy vamos a aplaudir el lado más amable de esta España que siempre han sido sus españolitos.



 El nuestro es un pueblo callado, humilde, nada estruendoso, perseverante, tenaz, orgulloso... Un pueblo que mantuvo un imperio, ¡y qué imperio!, sin medios, sumido en la más absoluta de las pobrezas. Nuestro siglo de Oro, el XVII, fue un compendio de todo eso. Mientras España sufría envuelta en pobreza interna, nuestros Tercios dominaban Europa sin saber cuando sería el día de cobro... y éste casi nunca llegaba, nuestros exploradores descubrían el nuevo mundo sin más premio que la gloria de su nombre, nuestros barcos se asomaban al otro lado del planeta orgullosos de nuestra tierra... y nuestros dirigentes, gobernantes y reyes, como siempre, nunca sabían estar a la altura de su pueblo.



 Aquel siglo XVII, el de Oro, nos lo describió Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Góngora, ect... nos lo pintó Velázquez y lo inmortalizaron miles y miles de españolitos anónimos que supieron escupir gestas tras gestas mientras el país se sumía en la oscura miseria. Pues bien, todavía queda la herencia de todo aquello y hoy es más palpable que nunca. Mientras un nefasto dirigente nos desangra; miles de españolitos anónimos se levantan todos los días para hacer funcionar este circo en el que se ha convertido España de la mano del Zapaterismo (que no socialismo) y sin medios, sin financiación, exprimidos, con un futuro estatal incierto; ellos emprenden, crean, tragan, soportan, sufren, y se revelan con su trabajo diario. Ellos son los creadores del "milagro español" que tantas veces se ha repetido, y se repetirá, a lo largo de nuestra milenaria historia. 


 Os dejo un precioso artículo de Pérez Reverte dedicado a ellos, a nosotros... Os aconsejo leerlo con detenimiento, que os emocionéis reconociéndoos en él, porque en él, en el artículo, aparecen los secretos y recetas que nadie conoce mejor que nosotros y que nos sacarán de esta negra etapa en la que nos han sumido los inconscientes que nos malgobiernan, salvo honrosas excepciones que no hacen otra cosa que confirmar la regla, desde todos los estamentos posibles.



Esa otra fiel infantería

Los vi hace poco en el aeropuerto de México: ojerosos, mal afeitados, hechos polvo tras largos vuelos y tránsitos infames. Eran cuatro -uno, naturalmente, se llamaba Pepe- y hablaban de Flandes y de las Indias. O de como se diga ahora. Holanda, decían. México y Venezuela. Sitios así. Hablaban de saqueos, botines y aventuras. O sea, de buscarse la vida donde ésta late. De negocios. Estaban allí con sus arrugados coletos de cuero transformados en trajes de chaqueta y corbata; con sus armas, que eran ordenadores y agendas, y con esa mirada absorta, fatigada, que les queda a los que vienen de asaltar las murallas de Breda o pelear en las calzadas de Tenochtitlán. Observándolos mientras consultaban las salidas de los vuelos, concluí que tampoco, si uno se fija bien y leyó los libros adecuados, hay tanta diferencia: Barajas en vez de Cádiz, Lisboa o la boca del Guadalquivir, en galeones, o Italia y el Camino Español por los Alpes y Suiza, rumbo al norte de Europa. La fiel infantería del rey católico: la misma gente que hace cuatro siglos, harta de monarcas imbéciles, curas parásitos y funcionarios sanguijuelas, decidió que era mejor intentarlo allá afuera y reventar en ello, que languidecer en una tierra yerma, ingrata, dejada de la mano de Dios.

Alguien escribió que en otro tiempo, cuando España se dilataba en el mundo, los españoles se echaron afuera a pelear y buscarse la vida, desde nobles hasta labriegos. Y fue cierto. Unos lo hicieron por hambre de gloria y dinero; otros, los más, por hambre de verdad. Desde las Indias a Filipinas, del norte de África a Europa entera, contra toda clase de naciones bárbaras o civilizadas, pelearon hidalgos y campesinos, bachilleres y pastores, caballeros y pícaros, amos y criados, soldados y poetas. Pelearon Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, Ercilla y muchos más. En todas las tierras y climas, bajo nieve, sol, lluvia o viento, desharrapadas huestes de españoles pequeños y recios, fanfarrones, crueles, hechos a la miseria, el sufrir y las fatigas, con todo por ganar y nada que perder salvo la vida, renegando a cada paso en todas las lenguas de España, acuchillándose entre sí en los ratos libres que no empleaban en degollar a terceros, caminaron tras las rotas banderas en busca de pan que llevarse a la boca. Así llenaron los espacios en blanco de los mapas, las tierras incógnitas. Y sin pretenderlo, de rebote, los que regresaron vivos trajeron Méxicos y Perús, riquezas hasta para quienes nunca arriesgaron nada. E historias fascinantes que escuchar.


Pensaba en eso viendo a los cuatro soldados de los modernos tercios que aguardaban en el aeropuerto. La misma hambre, me dije. El mismo dilema. Quedarse en esta tierra estéril y enferma es languidecer. Recordé haberlos visto toda mi vida en cien rincones perdidos del mundo, alojados en hoteles de veinte dólares donde nunca para un hombre de negocios acomodado. Planchándose ellos cada mañana su único traje, como otros se revestían el arnés y el acero, antes de echarse a la calle a pelear de nuevo. A arrancarle el botín a la vida donde ésta se deja. Lo mejor de nuestra fiel infantería: empresarios y comerciales españoles que no gastan más de lo preciso en dormir y comer, sobrios y tenaces; pero que cada mañana, a la hora del combate, riñen con esos otros a quienes todo sobra, tumbando a base de iniciativa e imaginación a competidores de grandes compañías gringas que han hecho masters en Harvard y escriben sin faltas de ortografía; y que sin embargo se ven, sin comprenderlo, acuchillados por esos tipos duros, hambrientos y mal afeitados que no tienen Visa Oro pero saben arreglárselas para hacer lo imposible, por pura necesidad y desesperación. Porque hablan la lengua, o se la inventan. Porque lo de buscarse la vida, asaltar murallas para cobrarse pagas atrasadas o pelear en una trinchera, hambrientos y con el barro hasta los huevos, lo llevan en la sangre. Pensé en todo eso, como digo, mirando a esos tipos en la sala de espera del aeropuerto. Nunca imaginaréis, concluí, con cuántas cosas me reconciliáis de nuestra perra España. Calculé sus noches solitarias velando armas, mirando ventanas de cielos extranjeros. La soledad y la dureza del combate librado a tus solas fuerzas, sabiendo que el único día fácil es el que dejaste atrás. Hombres y mujeres valientes, soldados metidos muy adentro en territorio enemigo, que llevan al hombro, a su manera conmovedora, la vieja aspa de San Andrés: los colores de sus modestas empresas -«I am from Murcia», oí decir a uno en El Cairo, hace treinta años, al policía que le pidió la cartilla de vacunación que no llevaba-. Batiéndose a ciegas por la negra honra y por desesperación. Por hambre. Mal pagados e ignorados en su tierra, como siempre. De nuevo, también como siempre, la misma historia. No sabemos vivir de otra manera.


 

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