28 mayo 2013

La guerra de los impuestos. Francisco Cabrillo.



Una reciente entrevista a José María Aznar ha llevado a las primeras páginas de los periódicos un debate que se venía ya desarrollando en la sociedad española a lo largo de los últimos meses: ¿por qué pagamos unos impuestos tan altos cuando gobierna un partido que prometió su reducción en su campaña electoral? El problema no es sólo que los impuestos no hayan disminuido. Lo más preocupante es que han aumentado de forma muy acusada y que se está incumpliendo también la promesa que se hizo a los contribuyentes de que la subida del IRPF sería “temporal” y de que, en el plazo de dos años, se volvería a la situación anterior. Ha pasado el tiempo y tal regreso a los tipos anteriores se ha aplazado ad calendas graecas; lo que significa, más o menos, que vaya usted a saber si la promesa se cumplirá alguna vez.


Llevo muchos años dedicado a estudiar los problemas de la economía de nuestro país y nunca, hasta la fecha, había visto la formación de una opinión pública tan firme en contra del aumento que ha experimentado la presión fiscal que soportamos los contribuyentes españoles. Pero me temo que tal actitud está muy alejada de lo que piensan tanto el gobierno como la oposición. El Gobierno parece convencido de que, aunque estemos hoy pagando uno de los impuestos sobre la renta más elevados del mundo, no se pueden bajar los tipos porque el déficit presupuestario es muy grande. Y la oposición, en vez de alinearse con la gente de la calle, hace bueno al gobierno pidiendo impuestos aún mayores y planteando reformas que acabarían por llevarnos a todos a la ruina.

Como han señalado Aznar, Aguirre y otros miembros destacados del PP, y como vienen afirmando muchos economistas, el Gobierno se equivoca y el PSOE se muestra incapaz de ofrecer una alternativa razonable. La idea de que lo importante es bajar el déficit, sin importar mucho la forma de hacerlo es errónea. No cabe duda de que subir los impuestos es la fórmula más fácil; pero también es la más perjudicial para una economía que se encuentra en recesión, en la que las expectativas de los empresarios y los consumidores están a niveles muy bajos y en la que hay que conseguir que las empresas creen empleo y las economías domésticas recuperen su capacidad de consumo y ahorro.


Tal vez el origen del problema esté en que la preocupación por el déficit público que existe en España desde hace mucho tiempo ha dejado en segundo plano un problema aún más importante: la dimensión y la eficiencia –o la falta de eficiencia en nuestro caso– del sector público. Una reducción de impuestos no tiene como único resultado el estímulo de la actividad económica. Más importante aún es que impide a los gobiernos de todos los niveles de la Administración incurrir en gastos innecesarios y realizar inversiones ruinosas; es decir, esos gastos y esas inversiones que nos han llevado a la situación en la que hoy nos encontramos. Lo vimos claro en los años de bonanza: es muy difícil conseguir que un gobierno que dispone de abundantes recursos los administre bien y no los gaste en actividades con poca racionalidad económica, pero rentables desde el punto de vista electoral. Y esos gastos tienden a consolidarse, tanto en los presupuestos como en la mentalidad de los votantes, lo que hace que resulte complicado prescindir de ellos cuando se produce el cambio de fase del ciclo.

Fórmula

Para bajar el déficit es mejor, por incómodo que resulte para un político en el poder, recortar el gasto público que reducir la renta disponible de unas familias muy golpeadas por la crisis. En una economía en la que un elevado porcentaje de la población está en el paro y en la que parece que el sector informal ha crecido bastante, subir los tipos del IRPF en la forma en la que se ha hecho significa elevar la presión fiscal hasta extremos difícilmente soportables para quienes realmente pagan sus impuestos y generar incentivos inadecuados, que llevan a una mayor ocultación de rentas y a un fraude fiscal más elevado.


Se afirma, a menudo, que los pueblos se enfrentan al poder en defensa de grandes principios, como la democracia o la libertad. Pero lo cierto es que realmente se sublevan cuando el ministro de Hacienda les vacía los bolsillos. Éste fue el origen de las revueltas que tuvieron como resultado acontecimientos históricos tan importantes como el nacimiento de los  parlamentos o la independencia de los Estados Unidos. Se atribuye a Jean Baptiste Colbert, el famoso ministro de Luis XIV de Francia, la idea de que el arte de recaudar impuestos consiste en desplumar al ganso de forma tal que se obtenga la mayor cantidad de plumas con el menor ruido. Por ello siempre es bueno que los gansos empecemos a gritar cuando vemos que nos quitan demasiadas plumas.

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