19 diciembre 2017

Máscaras antigás por las calles

Una unidad especial de la policía yugoslava, llegada desde Belgrado en helicóptero, desalojó el lunes a los 60 mineros albaneses que se habían encerrado en un pozo, a 600 metros de profundidad, para reclamar la liberación de Azem Vlasi, ex número uno del Partido Comunista de Kosovo. Esta unidad especial de la policía de Serbia, tardó 8 horas en desalojar a los mineros en una operación «dramática», en un dédalo de 150 kilómetros de galerías, informa Afp. Los «boinas verdes» se enfrentaron a los mineros, armados de palas, barras de hierro y picos, antes de hacerse con el control del pozo. Un comunicado oficial informó el lunes que los mineros habían sido desalojados «salvos y sanos» sin necesidad de recurrir a la fuerza. 

En Podujevo, a 40 kilómetros de Pristina, la policía se enfrentó con gases lacrimógenos y vehículos armados con unos mil manifestantes, que les lanzaban piedras. En Pristina, la gente salió corriendo despavorida cuando la policía lanzó, indiscriminadamente, gases sobre los que se encontraban en el Paseo de la ciudad. Policía antidisturbios con chalecos antibala y máscaras antigás vuelve a patrullar las calles de Kosovo protegida por tanques, en busca de nacionalistas albaneses que, a pedradas, reivindican una vez más la «Republika Kosovar». La población de Kosovo se ha levantado en protesta del juicio político montado contra Azem Vlasi, acusado de «instigación contrarrevolucionaria y separatista», por cuenta de los albaneses. Vlasi ha declarado su inocencia en el juicio. «No he cometido ningún acto criminal, ni soy un criminal ni un contrarrevolucionario. Un juicio político ha sido preparado contra mí».


Sus abogados, Rajko Danilovic y Zeljko Olujic, han pedido otro juicio, alegando dudas sobre la objetividad del juez Ismet Emra, del fiscal Spasoje Zamfirovic y de la Corte Suprema de Kosovo, informa Reuter. El juicio ha sido aplazado hasta que la Corte Suprema yugoslava decida sobre la solicitud de nuevo juicio. Vlasi ha pedido ser juzgado en Eslovenia, Croacia o en Bosnia-Herzegovina. En 1981, un año después de la muerte del legendario presidente Tito, los nacionalistas albaneses exigieron que su región, autónoma, se independizara de Serbia, la mayor de las seis repúblicas yugoslavas, y se constituyera en república federada con Yugoslavia, pero independiente de Serbia. El resultado fue de enfrentamientos y diez muertos. 

En su contraofensiva política, Serbia intentó rescatar parte de las libertades autonómicas que Tito le había dado a Kosovo, para acercar uno de los centros del imperio medieval serbio al Belgrado del siglo XX. El grito de «Republika Kosovar» o la distribución de una octavilla pidiéndola podía costarle a un adolescente dos años de cárcel, a pesar de las protestas de las organizaciones de derechos humanos.

La Yugoslavia no serbia (Croacia, Eslovenia, Bosnia y Macedonia) se resistió a retocar el testamento político de Tito, consistente en un Estado federal de seis repúblicas, con una Serbia sangrada por dos regiones autónomas (Kosovo y Vojvodina), que no podría reasumir el cometido hegemónico que tuvo durante la Monarquía (1918-1945). En 1987, el líder serbio Slobodan Milosevic sustituye el postulado del croata Tito «para que Yugoslavia sea fuerte Serbia tiene que ser débil» y emprende una campaña de reunificación de los territorios históricos serbios, informa Efe. Cuando Tito muere en 1980, le sucede una presidencia colectiva de ocho miembros, uno por cada ente autónomo, más el convidado, no precisamente de piedra, del representante de las fuerzas armadas. 

En dos años de manifestaciones de apoyo a la «gran Serbia» y a su carismático líder Milosevic, cayeron dos comité centrales (el de la Región serbia de Vojvodina y el de la República de Montenegro) hostiles al nuevo «guía» y la Región de Kosovo fue satelizada, pese a su mayoría albanesa autonomista. En Kosovo conviven hostilmente 1.700.000 albaneses con 200.000 eslavos y las relaciones entre ambas comunidades se han deteriorado hasta límites peligrosos, sobre todo tras los enfrentamientos de marzo pasado entre nacionalistas albaneses y policía. Fuentes oficiales reconocieron que 22 albaneses y dos policías murieron entonces en choques en los que aquellos protestaban por el recorte de la autonomía que el presidente Tito les dió en vida mediante la Constitución de 1974. El odio está en la calle, en las caras de los adolescentes que destrozan los coches de Belgrado e incendian los pajares serbios. El clima empieza a cobrar aspecto de «intifada balcánica», según muchos comentaristas.

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