Estados Unidos alarga su agonía económica.

El acuerdo alcanzado entre republicanos y demócratas durante la madrugada del jueves, al borde del plazo legal, para elevar el presupuesto de la Administración y el techo de deuda no despeja la incertidumbre generada las últimas semanas respecto a la gobernabilidad y la estabilidad económica de la principal potencia del mundo. Sólo sirve para ganar tiempo hasta que el 13 de diciembre expire el nuevo plazo que se han dado los políticos estadounidenses para negociar un plan a largo plazo, vigente durante diez años, para contener la deuda y el gasto público, algo a lo que, sin embargo, ya se habían comprometido en el verano de 2011 y que, como es evidente, no han cumplido. Aunque el pacto tiene la virtud de permitir la reapertura del Gobierno federal, paralizado desde el pasado 1 de octubre, y calmar a los mercados, la crisis está lejos de haberse solucionado.


El enrocamiento en sus posturas por parte de los líderes republicanos y del propio presidente Barack Obama, que se ha mostrado inflexible a las demandas para rebajar la ambición de la reforma sanitaria, aventura que será muy difícil reunir el consenso necesario antes del nuevo plazo. Todo parece indicar que no será hasta las elecciones de noviembre de 2014, cuando se renovará toda la Cámara de Representantes y un tercio de los escaños del Senado. Mientras, EEUU afronta importantes desafíos como la retirada progresiva de las medidas de estímulo dispuestas por la Reserva Federal o la postergada reforma migratoria, cuyo contenido podría condicionar, precisamente, el decisivo voto hispano de cara los comicios del próximo año. Así que Obama no puede abonarse a la técnica del inmovilismo que le hace ser rehén de los republicanos, entre los que han ganado peso los representantes más opuestos a sus políticas expansivas, agrupados en torno al Tea Party. Más allá de las disputas partidistas, lo que ha quedado claro en esta crisis es que EEUU no puede seguir basando su crecimiento futuro en el recurso perpetuo al endeudamiento masivo, que le ha acercado ya en demasiadas ocasiones al abismo y le ha hecho perder crédito ante los mercados (Standard & Poor’s ya rebajó su ráting en 2011 y Fitch podría seguir ahora sus pasos).


El impacto en la economía estadounidense de este sainete político –que podría reducir el crecimiento del PIB hasta en medio punto–, en la confianza inversora y en la solidez del dólar aconseja un replanteamiento global de los gastos federales para asegurar su viabilidad. Sólo así podrá Obama recuperar el liderazgo político en los tres años que aún le restan de mandato y consolidar una recuperación sostenible de la economía y el empleo.

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